“Hola Trava, soy Adrián de barrio Barranquitas y te escribo porque siempre me dieron mucha curiosidad las travestis. Nunca estuve con una pero varias veces pasamos en auto con mis amigos por la zona roja y en una oportunidad hablamos con una que estaba buenísima. Yo no hice nada pero uno de mis amigos si. A mi siempre me gustaron las mujeres por eso te pregunto ¿es normal esta curiosidad?”
Respuesta de la Trava en el micro El Sentido de la Vida por Mengano Lapindonga, conducido por Gabriel Cimaomo, integrante del staff de “La siesta fantástica” de Juan Carlos Bettanin. (LT 10, Radio Universidad)
“Papi, te recuerdo que hace tiempo dejé la calle, ahora soy una artista de clausura que busca encontrarse consigo misma tratando de hacer que su vida se vuelva una obra de arte. Así que lo único que tengo para decirte es que dejés de pedir permiso, te pongas los pantalones o te los saques, según más te plazca y que escuchés atentamente este tema que seleccioné para vos y que dedico a todos mis antiguos clientes”
A partir de un anónimo que comenzó a circular entre los huéspedes del cotolengo, convocando a una reunión prevista para altas horas de la noche con la consigna de no comunicar de este encuentro a Elvi Rot, los menganos empezaron a conjeturar todo tipo de hipótesis respecto al sentido de esta suerte de asamblea clandestina. Algunas de las versiones fueron, como eran de esperar, tan deliradas como sus autores. Sor Raimunda, por ejemplo, pensó que el cónclave tenía por objeto introducir la causa de beatificación en vida de la gran madre del cotolengo y objetó lo inusual del procedimiento.
La cita era pasada la medianoche aunque la hora estaba supeditada a que La Rot, madre simbólica de todos los menganos, se durmiera. Elvira decía ser una mujer de sueño liviano lo cual es compatible con su vocación maternal, así que debían ser muy sigilosos, lo cual implicaba un gran esfuerzo tratándose de los bulliciosos, por no decir quilomberos, huéspedes del cotolengo. Sin embargo aquella noche se escuchaban provenientes del cuarto de la susodicha, sordos ronquidos que a juzgar por su estridencia no resultaba sencillo discernir si procedían de ella o del mismísimo Morfeo.
Las malas lenguas comentan que con la cena su propia hija biológica introdujo en el plato de La Rot un inductor del sueño más potente que el que su madre acostumbraba a tomar. “Eso no se hace”, acusó al aire la Trava haciéndose eco de los rumores. “Ni aún con las mejores intenciones”, acotó; como parece que era el caso, ya que el tema del complot era ponerse de acuerdo con la sorpresa que le darían a la ilustre durmiente por el día de la Madre.
“Yo tengo una propuesta muy atrevida”, confesó Sor Raimunda suscitando ipso facto un silencio abrupto en el lugar: “Fiesta de piyamas”, proclamó la religiosa como quien incita a sus compinches a realizar una picardía.
“¡Si, fiesta de piyamas, fiesta de piyamas!” gritó la Perturbada contagiándose del entusiasmo de Raimunda y potenciándolo a consecuencia de un repentino pico maníaco.
“Hermana, ya está grandecita”, observó reprensivamente la Profesora de la E. “A mamá le encantaría una fiesta sorpresa en la que tenga la oportunidad de recobrar el protagonismo social de otrora.”
¡Si, fiesta sorpresa, fiesta sorpresa! Gritó la Perturbada tanto o más excitada que la primera vez.
“Recobrar el protagonismo…”, repitió la Trava citando irónicamente a la docente. Y súbitamente inspirada por un dicho de La Rot saltó en su defensa retrucando a la profesora: “Si la envidia fuera tiña cuantas tiñosas habría”. Y aprovechando su envalentonamiento la miró de pies a cabeza y remató: “Es que con clase se nace, no se hace”. La Profesora, que desde que asumió en terapia su soltería crónica se ocupó de tener un estilo cuidado, se sintió tocada quizá debido a que sus tailleurs corte Chanel no eran legítimos, como siempre había pretendido.
“La Rot -dijo la Trava- necesita un buen par de tacones como estos”, señalando los suyos. Ocasión que, ni corta ni perezosa, aprovechó la Profesora para devolverle la bofetada: “Comparto su opinión, Guerra”, dijo la docente omitiendo concientemente cualquiera de los nombres de la Trava. “A mamá le vendría bárbaro un par de zapatos. Pero no creo que como esos”, dijo la Profesora señalando con la uña de su índice los de la Trava. “La naturaleza es sabia y a usted le concedió una talla 44 para que sus piecitos aguanten semejante trajín, en canoas como esas mami podría remar”
¡Sí, tacones 44, tacones 44! Vociferó la Perturbada con sus ojos excesivamente abiertos como si estuvieran alucinando con todos los regalos juntos.
La Trava, aguerrida como era, empinó la botella de vino rosé y cuando estaba a punto de irse a las manos, la Maga la detuvo y como para aligerar el clima denso que se había generado, batió cualquiera. “Yo le escribí un poema”, y cual “Abra Cadabra” suscitó de inmediato la atención de todos los menganos que no sabían de las aficiones literarias de la ex bruja.
“¡Sí, poema de la bruja, poema de la bruja!” Saltó por última vez la Perturbada justo antes que la Trava aprovechara la ocasión para descargar su ira vaciándole sobre su cabeza, el culo de vino rosado que le quedaba en la botella. Esta vuelta nadie objetó la intervención agresiva de Carol, seguramente todos estaban hartos de las salidas desvariadas de la Perturbada. Así que, como si hubieran matado una mosca, la Maga prosiguió: “Si quieren se los recito”. Y como el silencio otorga, se puso de pie y apelando a su memoria remota, declamó:
“Esa flor que esta naciendo
Ese sol que brilla más
todo eso se parece
a la sonrisa de mama.
Esa rosa que despierta
ese río que se va
todo eso se parece
a la sonrisa de mama.”
¡Plagio, plagio! Saltó el Erudito Benito citando a Ortega, Palito, el cantautor setentoso y a su cointérprete, la recordada Libertad Lamarque.
La Perturbada, sollozando, no se sabe bien si por la emoción, la actitud de los menganos o por ambas, busco en su armario el single con el tema principal de la película de Enrique Carreras y haciendo caso omiso a la consigna del sigilo, lo colocó en el tocadiscos combinado del cotolengo a todo volumen. La Rot, asustada por Palito despertó sobresaltada.
Tratando de indagar respecto al sentido de sus vidas, los menganos, en la última sesión de psicoarte acordaron partir de aquellas cosas que heredaron o les fueron dadas sin mediar su elección y convinieron que si hay algo que no eligieron fue sus nombres.
La idea fue propuesta por el Erudito Benito quien fundamentando su opinión en la teoría lacaniana, sostuvo que nuestros nombres son una suerte de metáfora que condensan los deseos y expectativas familiares. En tal sentido el nombre que nos asignan, en el que nos reconocemos y por el cual nos identifican, nos determina en cierto modo.
Su argumentación no recibió objeción alguna, no sabemos si por convincente o porque nadie entendió nada y como en definitiva no había otras mociones, se aceptó por unanimidad.
El problema se suscitó respecto a cómo decidirían por quién comenzar. Nadie se mostraba muy dispuesto a ser el primero en poner su nombre a consideración del grupo. Lo cual es muy comprensible ya que los huéspedes del cotolengo son locos pero no idiotas.
Esta vez la cosa se dirimió a partir de una iniciativa de La Trava, quien tras beber a pico el último trago del porrón, lo tumbó en el piso, lo hizo girar como una ruleta y dijo: “Al que lo apunte”
La botella quedó en dirección a Benito y antes de que El Erudito diera cualquier consigna respecto a cómo seguiría la cosa, la trava semi embriagada preguntó: “¿Verdad o Consecuencia?”
Benito se indignó por el giro burdo que había tomado su propuesta pero decidió privilegiar el objetivo de la técnica a la modalidad lúdica que cobró de repente.
Así que tragando saliva respondió: “Verdad”
¿Verdad que te pusieron Benito porque cuando naciste pensaron que eras bobo?, dijo la Trava recreando una infidencia de Elvi Rot, la madre biológica del susodicho. “De ninguna manera”, saltó en su defensa la Rot, “Yo dije cara de bueno”
Benito que hasta el momento había logrado controlar su ira se le saltó la virola como a una olla a presión.
A duras penas había logrado reconciliarse con su nombre de pila después de años de terapia para que esta fulana venga a meter el dedo en la llaga. Pero como ante todo era un caballero, decidió cederle la palabra a su hermana que, como buena docente, había recabado información diagnóstica de La Trava.
La profesora de la E, haciendo caso omiso al seudónimo de Carol adoptado por la trava en un fallido intento de volverse distinguida como la princesa de Mónaco, se dirigió a ella en los siguientes términos: “Ud. Discúlpeme ‘señorita’ pero su acotación fue impertinente e irrespetuosa”. Como la trava no paraba de dar carcajadas ignorando por completo la intervención de la docente, la profesora le llamó la atención por su nombre: “A usted le hablo, José Ramón”.
Tras un breve momento de tenso silencio, La trava se abalanzó sobre la botella y de no haber sido por la intervención de La Maga que se apresuró a interponerse entre su encolerizada amiga y la profesora, la cosa habría pasado a mayores. Por suerte todo quedó en un manchón de cerveza en el tailleur de la docente que no paraba de reclamar a los gritos la expulsión de José de la institución.
El ambiente se volvió tormentoso. Un diluvio de lluvia ácida comenzó a anegar el patio donde estaban y como los menganos son una especie rara, se empezaron a brotar.
Sor Raimunda no paraba de santiguarse, golpearse el pecho e implorar al cielo piedad.
La Perturbada, aburrida de la vida y sintiéndose desplazada, bailaba a los saltos al tiempo que cantaba: “¡Me llamo Lilí, Lilí, Liliana! ¡Me llamo Lilí, Lilí, Liliana!”
La Maga Malvada cazó un sapo y corriendo tras la Perturbada la amenazaba: “Calmate tarada o te hago un trabajito.”
El Erudito Benito, esta vez no fue la excepción y se brotó como pocos. Espinas de la nuca le salieron. Parado sobre un banco de cemento y en plena excitación maníaca arengaba a las mujeres al grito de “¡Lucha en el barro! ¡Lucha en el barro!”
Y cuando todo parecía fuera de control, sucedió el milagro.
Un viento primaveral despejó los nubarrones y sobre la luna en cuarto creciente apareció Ella, Su Augusta Creatividad, e iluminando a Pai Nando que permanecía inmóvil, como buen maniquí, le insufló un hálito de vida y el muñeco animado comenzó a cantar. Obviamente alucinando, los menganos se calmaron y se pusieron a escuchar:
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